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5 de enero de 2010

El águila y los idus de marzo


"El ansia de poder es la medicina más poderosa: mantiene con vida incluso a los moribundos". Valerio Massimo Manfredi

La ciudad parece tranquila, pero sólo en apariencia. Las aguas del río de la la capital del imperio bajan revueltas. Algunos de los senadores que parecían o aparentan ser amigos y valerosos apoyos del emperador se han unido, y esperan a otros descontentos y rencorosos, en una conspiración para acabar con la tiranía de César. El “águila” está en peligro. Algunos de los más fieles partidarios de la república quieren acabar con la vida política de Cayo Petrus olvidando que la ciudad y ellos mismos han sido y son lo que son gracias a Cesar. El la ha moldeado a su antojo, la ha ampliado, ha ofrecido recompensas y cargos honoríficos, ha firmado acuerdos con los tribunos y con los principales comerciantes. Ha hecho del servilismo la moneda de cambio, aunque de doble cara como las que acuñara el dios Jano Bifronte que, según reza la tradición oral, mostraba una de frente y la otra, de rostro oculto, que miraba hacia atrás.

La derrota de Santos Pomponio en la batalla de Farsalia, por culpa de la insistencia de las huestes de la doble sd, sin domus y sin denarios, y de la atrevida intervención del líder galo de pesegium, concluyó en su retirada de la vida pública y su posterior muerte política, avivando el resentimiento de una de las facciones de su mismo partido y que, cada día cumplido, se hace más fuerte en el senado de la Capital.

Cayo Petrus miró hacia el salón donde se había dispuesto el triclinium de invierno adornado de manera austera. Al retirar uno, quedaron dos lechos enfrentados para los dos únicos comensales. En la sala destaca un mosaico dedicado a Venus Generatriz, protectora de la familia, y un busto de su hijo Marco Castro Valerio erigido sobre una delgada y bella columna. Los siervos habían dispuesto sobre la mesa fuentes de estaño con frutas y hortalizas, lechuga, y una pequeña ánfora de vidrio llena de un vino rojo como la sangre. No faltan las manzanas de la Galia Cisalpina, los albaricoques de Armenia, ni los dátiles y los higos secos de Persia. También destaca sobre la oscura mesa de caoba una jarra de plata para el agua. Tras los entrantes a base de garum y salazones de la factoria hispánica de Calpe, panecillos de mijo recién horneados y queso de oveja, los comensales iniciaron el debate sobre la situación del gobierno de la república. Luego vendrá el carnero hervido y los pechos de cerda con salsa de ciruelas.

César sabe que su contrincante representa a unos pocos resentidos, exactamente cuatro, cinco si cuenta a su invitado, sin demasiada influencia en las estructuras del poder del SPM y que, con un leve gesto a sus fieles centuriones, pasarían a mejor vida política. Una orden del ganador de tantas batallas llevaría a estos rebeldes a cruzar la Estigia en la barca del viejo Caronte o a vagar sin poder cruzar los horrendos ríos que separan la tierra de los hombres del mundo de Hades, el invisible. A cuál de ellos peor: la tristeza, el fuego, el odio, las lamentaciones o, aquello que nadie quiere para sí ni para su estirpe, el olvido.

El problema no es empuñar la espada, sino hacer creíble el sacrificio de sus rivales y justificar otra acción punitiva y sangrienta contra más ciudadanos de su mismo partido. La esencia de la política, sus meandros y rodeos, incluso las mentiras acumuladas, tan alejadas de la acción van estrechando poco a poco el margen de maniobra. El tiempo no pasa en balde. Los dos comensales toman un poco de vino “Nostrum” de las tierras del sur de la capital aromatizado con especias y rebajado con agua tibia y miel. Los platos fuertes del banquete quedan sobre la mesa, apenas mordisqueados, ante el tamaño de las dentelladas verbales que se han arreado en tan poco tiempo. La situación no parece propicia. Que los dioses sean benevolentes y derramen sobre todos la paciencia de la diplomacia y la virtud que aplaca la ira.

La proposición de César de pacificación y rendición de los rebeldes está envenenada con la astucia del líder. Es desechada de manera rotunda. El representante de la oposición se niega amenazando claramente con una revuelta pública, incluso con escindirse en un nuevo grupo del Senado. Es posible que haya percibido o notado el excesivo interés de César por apaciguar rápidamente los ánimos, incluso comprando voluntades y regalando prebendas. Sólo le atenaza una cierta incertidumbre antes de empuñar la espada y se trata de la información que atesoran sus otrora amigos sobre la utilización de los fondos destinados a las legiones y a las obras públicas y las indiscreciones que podrían tener, eso sí, de manera voluntaria. Ahí, tras esa delgada línea de la traición, se parapetan y de esa manera, casi la única, es como podrían hacer mella en el honor y en la fama del egregio personaje.

Cayo Petrus pretende, de manera casi obsesiva, que el pueblo le otorgue un nuevo mandato, y el senado le ratifique como único cónsul y pontífice máximo. Está cansado y no soporta que sus propios correligionarios, con los que ha luchado en tantas batallas, le amenacen con la destitución. No quiere cargos honorarios. Quiere seguir manejando las riendas del poder con absoluta libertad. Por el pueblo. Siempre ha sido un águila para el pueblo. Y así, si el destino lo quiere, seguirá siendo, o, en caso contrario, acabará para siempre.

Las heridas tras la derrota de las legiones en la batalla de Farsalia nunca se cerraron; y siguen abiertas a pesar de los últimos esfuerzos por apaciguar esa especie de guerra civil soterrada que amenaza con destruir sus impulsos más íntimos y el ahínco con que trabaja para convertirse en dictador máximo o gobernante vitalicio. Sin embargo el espíritu de Pomponio sigue rondando por los alrededores de los palacios del monte Aventino, como lugar propicio desde antiguo para la secesión y la traición, como una pesadilla que llena de malos augurios sus sueños. Piensa que su concurso es la única manera de asegurar una próspera continuidad, ahora amenazada; que él siga para que el imperio siga, permanezca en sus límites y no se derrumbe, quiebren los negocios de sus más preclaros amigos y accedan al gobierno los representantes de la aristocracia más antigua y conservadora. La república, para él, está en peligro. Menudos tontus culi. Quien amenaza al “águila”, amenza a la república.

La comida acabó rápida, sin tiempo para el postre; ni ceremonias, ni libaciones a los dioses. Se despidieron secamente. No había posibilidad de llegar a ningún acuerdo…

A la mañana siguiente, como solía hacer la mayoría de los días durante los últimos años, tras las campañas militares, se aventuró por las calles de la ciudad sin su guardia pretoriana: no fueran a pensar los ciudadanos libres que su poder se basaba en el número y en las cohortes de seguidores. Y además, quién se atrevía a mantener su paso, rápido y fulgurante. Le gustaba adentrarse por los recovecos, andar por las avenidas del foro, por las callejas, observar a los trabajadores mientras arreglaban la calzada flaminia o revisar los planos junto a los maestros de obras que proyectaban sobre el terreno el templo en honor de Marte. Los cipreses del foro le veían pasar raudo mientras saludaba a los numerosos viandantes que le reconocían . A su regreso, hacia el palacio del pontífice máximo, donde residía, observó detrás de un grupo de escombros y arbustos a un viejo conocido que le guiñaba el ojo y le hacía señas con los brazos. Se acercó. Era un antiguo senador, devoto de Saturno y, al parecer de la mayoría de la gente, más extraviado que el carnero de la X Legión. El loco le sacó la lengua ante la extrañeza de Petrus y le guiñó el ojo derecho:

-Guárdate, Cesar, de los idus de Marzo

-¿Qué quieres decir, anciano?

- Sólo eso. Guárdate cuando lleguen los idus de Marzo. No te expongas al designio de los hombres, ni persigas los dones de los dioses.

Cesar se alejó y meditó sobre las extrañas palabras del agorero. ¡Llegarán los idus de marzo, los de abril y los de mayo, las calendas diciembre y las de Jano y seguiré en el poder! Que la piedad enrede y debilite los brazos de César cuando dirija el acero a sus enemigos.

-¡No creerán que yo soy Julio! -pensó-. Mi nombre es Cayo Petrus Castro, el más veterano de los césares. Ocho días antes de la fiesta de las Lupercales, cumpliré veintisiete años desde que fuera elegido para el cargo.

- Y aunque los conspiradores pudieran asestar el golpe -sigue pensando el viejo-, ¿Qué pasará luego? ¿Habrán pensado en el nombre de los nuevos cónsules de la república o, tal vez, discutirán sobre la identidad de mi sucesor como dictador y pontífice máximo? ¿Se respetará el testamento que guardan las vestales del foro junto al fuego sagrado y que determina a mi hijo como heredero del imperio? ¿Habrá un proyecto de futuro para la república en las manos de los conjurados? ¿No se respetará mi última voluntad?

¿Cómo marcharán los negocios de los grandes senadores y generales retirados? ¿Será Castro Valerio, como miembro del triunvirato, el nuevo emperador o tendrá que obtener el mando manu militari en nuevas y fratricidas luchas contra otros miembros del senado sobre todo contra Octavio Sacistan? ¿Cuál será el papel en estas futuras luchas intestinas de la ayudante de César, Sira Barrosum?

No precisamos que el augur saque el hígado del carnero sin mácula ni defecto. Sabemos que el vaticinio es cierto. Las hojas brillanes de la higuera "ruminalis" del monte Palatino que brotarán, como todos los años, hacia los idus de marzo serán, no el presagio, la visión real de un futuro inestable e incierto.


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Las kalendas januariis

De los idus de diciembre, el día 13, hasta las calendas de enero, día 1, se celebraban en la antigua Roma las fiestas más impactantes y transgresoras de los fastos. Diciembre era el “décimo” mes solar antes de que Julio César aprobase un nuevo calendario en el año 46 a.C. Las fiestas en honor de Saturno o saturnalias eran una manifestación pagana de las que provienen o se inspiran, adaptadas por la tradición católica, las actuales fiestas de navidad, santos inocentes, noche vieja, año nuevo y reyes; durante su trascurso se suspendía la actividad política de la ciudad, se cerraban los tribunales, se concedía vacaciones a los escolares, se aplazaban las ejecuciones y se concedía la libertad a algunos presos, se realizaban sorteos de lotería, se organizaban banquetes públicos, se gastaban bromas y se daban regalos unos a otros.

Durante las saturnales se celebraban una orgía catártica que invertía el orden imperante para regresar al Caos original que generaría un nuevo y próspero tiempo, al estilo de los carnavales. Las hogueras y fuegos saturnales alumbraban, por unos días, una república de chirigota en la que los humildes ejercían el poder, se derogaban leyes, los amos servían a los esclavos y las mujeres retozaban a su antojo sin perder, por ello, su “buena” reputación.

Estas fiestas se engarzaban con las que celebraban el nacimiento de los dioses solares egipcios (Osiris, Horus, Set, Isis y Nefty).  Osiris nacía el mismo día 25; en los cuatro días siguientes nacían sus hermanos. Estas fiestas tenían una escasa aceptación entre los romanos hasta pasados casi tres siglos de la era cristina, cuando se instauraron como las fiestas del “sol invicto”.

Aunque estaban dedicadas a Saturno, expulsado del Olimpo por Zeus, y acogido en el territorio que luego ocuparía la propia Roma, las saturnales se celebraban bajo los auspicios o el amparo de Jano, el dios “bifronte”, el de las dos caras, una que mira hacia atrás, al pasado, y otra que mira hacia delante, al futuro; es el dios que preside el transcurso del año viejo al año nuevo, el que cierra y abre puertas, el que rige la transición entre lo viejo y lo nuevo. A Jano se dedicaba el primer mes del año y el primer día de cada mes, llamado calendas.

El día de noche vieja, el 31, el último día del año solar y fiesta de las vísperas de las Strenas, se celebraba, casi como hoy en día, con fuegos, bullicio y un gran tiberio. Se hacen ofrendas a la diosa sabina Strenia bajo cuyo auspicio empieza el nuevo año y de donde deriva la palabra estrenar por la costumbre que tenían de hacerse regalos. El día uno del mes de Jano era el de las famosas “Kalendas Ianuaris”.

Los meses no se dividían en semanas sino que se estructuraban en función de los días de mercado. Los días más señalados eran las calendas, primer día del mes, y los idus que indicaban la mitad del mes lunar romano. Esta fecha coincidía con el 13 de cada mes, salvo marzo, mayo, julio y octubre que se celebraba el día 15. Entre las calendas y los idus se anotaban las nonas, días 5 o 7, dependiendo de la fecha de los idus. El día de los idus de marzo del año 44 a.C. fue asesinado Julio César.

4 comentarios:

Inkisidor dijo...

Muy bueno!! Hacia mucho tiempo que no me reia tanto!!

Juan Manuel Alcalá Perálvarez dijo...

Gracias. Que los dioses y tus seres queridos te concedan todos los regalos que puedan en esta noche mágica [nonas de enero].

Mariano dijo...

Artículos para meditar.
Y para sonreir.

Shakespeare en su célebre "Julio César" inmortalizó diálogos tan sugerentes como éste:

- César: Quiero tener a mi alrededor hombres gordos, de cara lustrosa, y de los que duermen bien por la noche. Ese Casio tiene aire macilento y hambriento: piensa demasiado. Hombres así son peligrosos.

- Antonio: No le temas, César, no es peligroso: es un noble romano de buena condición.

- César: Querría que fuese más gordo. Pero no le temo. Sin embargo, si mi nombre estuviese sujeto al temor, no conozco otro hombre al que evitaría tanto como a ese flaco de Casio. Lee mucho, es un gran observador, y penetra bien en las acciones de los hombres. No le gustan los juegos, como a ti, Antonio: no oye música: rara vez sonríe, y sonríe de tal modo como si se burlara de sí mismo y despreciara a su espíritu por poderse mover a sonreír de algo. Los hombres como él nunca tienen el ánimo en paz mientras observan a alguno mayor que ellos mismos, y por tanto son muy peligrosos. Te digo lo que hay que temer, más bien que lo que yo temo, pues siempre soy César.

Roberto Carlos Benítez dijo...

El Princeps Senatus, si realmente quiere volver a ser elegido Cónsul, bien debería cambiar sus formas y sus maneras, pidiéndole a las ninfas que le insuflen nuevas energías e ideas para llenar de ilusión los corazones de nobles, patricios y ciudadanos de la ciudad.
Él, debería consultar a los augures que, con sus lituus en un augurale, mirando al antica, podrán enseñarle si en el horizonte aparecen aves praepetes, de buenos augurios, o aves inferae, portadoras de malas noticias.
Sus allegados, en este momento, luchan para conseguir un torque, aquella condecoración que les haga ser "diferentes" al resto, con el fin de ocupar buenas posiciones.

Por mi parte, para no estar esperando sentado en un triclinium, he decidido escribir en schedae algunas pequeñas, y sencillas, obras.
Me sentiría orgulloso de que las visitárais y comentárais:
http://www.desdemipecera.es

Que Júpiter, Cástor y Pólux me guíen por el buen sendero.

Mi deseo es que los dioses os sean propicios en el 2010.